Saber vivir en sociedad

Cuando se degradan las reglas de convivencia, los más afectados son los más vulnerables…

A todos quienes pertenecemos a la gran comunidad de la llamada discapacidad, nos ha tocado experimentar situaciones injustas no una ni dos veces en la vida, sino lamentablemente muchísimas.
No señalo casos extraordinarios de injusticia, sino situaciones cotidianas tales como encontrar plazas de aparcamiento dedicadas a personas con movilidad reducida, ocupadas por quienes no cumplen con esta condición, o accesos de todo tipo obstaculizados por quienes son incapaces de comprender el daño que esto provoca, y la negación del otro que esto denota.
Personalmente soy incapaz de numerar cuántas veces me ha sucedido cualquiera de estas cosas a lo largo de los años, y esto me pasa por el carácter cotidiano del problema: todos los días se ocupan incorrectamente plazas de parking dedicadas, todos los días algún vehículo obtura una bajada de bordillo, y todos los días facilidades como baños accesibles, se cierran con llave o se destinan a espacio de almacenaje.
Pero lo que quiero ahora, más que señalar esto que todos sabemos, más que indignarme de nuevo con quienes tienen una pobre idea de lo colectivo, es intentar pensar cómo, estructuralmente hablando, se podría comenzar a solucionar.

Existe una figura colectiva, reguladora y organizadora de la vida social que es el Estado, entendido como el conjunto de todos los ciudadanos en un esfuerzo de convivencia ordenada y consensuada.
El Estado y sus múltiples articulaciones y extensiones, incide muchas veces negativa y drásticamente en los problemas cotidianos que señalaba más arriba, básicamente de dos maneras: ausentándose y haciendo que las consecuencias de los comportamientos asociales no existan.

Una vez un médico me dijo que en nuestro cuerpo no quedan lugares vacíos, vale decir que por ejemplo cuando un tejido se remueve, otro tejido crece o lo que esté más próximo se reacomoda para llenar ese vacío.
En la sociedad -tantas veces comparada con un organismo- ocurre lo mismo: si el Estado remite, retrocede o se ausenta, otra cosa ocupa su lugar, y muchas veces -y en particular pensando en nuestro colectivo- eso que llena el vacío es el caos o la ley del más fuerte (del más caradura o del más insensible, según el caso).

Por poner ejemplos, si el Estado no diseña ayudas específicas, esas ayudas no existirán o serán reemplazadas por servicios privados; si el Estado no garantiza el acceso a determinada solución, eso lo hará en peores condiciones -más excluyentes- otro actor, y si el Estado no garantiza un derecho, ese derecho, será avasallado.
Por todo esto es por lo que necesitamos de un Estado presente y sensible: porque es la manera más segura de garantizar la equidad y de proteger a quienes se encuentren en situaciones de vulnerabilidad, sea esta del tipo que sea.

La segunda función del Estado que señalaba antes, aquella de crear y hacer cumplir las consecuencias de un comportamiento insensible que haga efectiva la inequidad, también es indelegable e imposible en la práctica que la ejerza cualquier actor que no sea el Estado mismo.
Me refiero a que en una sociedad ideal, no haría falta que alguien nos dijera que si aparcamos en una plaza dedicada nos pondrán una multa. El sólo hecho de comprender la justicia misma de la existencia de esa facilidad, es suficiente para no hacer un uso indebido de ella.
Pero la realidad, sabemos que corre por otro carril: millones de personas no hacen ciertas cosas (y nos pasa a todos en alguna medida), más por las consecuencias negativas de hacerlo que porque éticamente no deban.
De esta manera, que no se hagan efectivas las consecuencias de un mal comportamiento, termina fomentando ese mal comportamiento.
Si se ocupan los columpios adaptados con niños sin discapacidad alguna, en presencia de otros para quienes esos columpios son la única posibilidad de juego, si se aparca en una plaza dedicada sin la tarjeta correspondiente, si se obstaculiza una rampa, y nada de esto tiene consecuencias reales (y muchas veces ni siquiera la condena social categórica), el insensible se impone frente al vulnerable.

En nuestra vida cotidiana, un poco porque el Estado no está todo lo presente que debería, y otro poco porque negar, vulnerar, faltar el respeto y hasta agredir a la persona con discapacidad no tiene consecuencias reales, seguimos viviendo situaciones que deberían ser ya parte de una historia muy superada…

Showing 2 comments
  • Pilar Orozco
    Responder

    Excelente nota amigos.
    No hay que sacar ni agregar nada, es perfecta.
    Gracias por dar voz, al pensamiento de nuestro colectivo.
    Abrazos,
    Pili.

  • Ernesto Alegre
    Responder

    Muchas gracias por tus palabras Pilar…

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